El gato del señor Martin.

Antes de empezarte invitamos a disfrutar los mejores cuentos de terror cortos.

Siempre he tenido un gran amor por lo gatos. Cuando era joven e iba caminando por la calle, siempre que veía un gato me lo llevaba; tuviera dueño o no, yo me lo llevaba. Así llegue a tener en la casa de mis padres cerca de 22 gatos, aunque no los tuviera adentro, los alimentaba en la azotea y se quedaban dormidos en las inmediaciones de mi casa. Era imposible tenerlos adentro a todos. Mi madre estaba fastidiada de tantos gatos y cruelmente los empezó a envenenar. De repente aparecían cadáveres y solo los recogíamos para envolverlos y tirarlos. Para salvarlos, resolví llevárselos a mi vecino, el señor Martín. Martín era un anciano como de unos 76 años que vivía enfrente de nosotros. Él los aceptaba todos y los resguardaba en su casa.

Todos los días, cuando regresaba del colegio, estando en la esquina de mi casa echaba a correr hasta la puerta para tocar el timbre. Una ocasión el señor Martín estaba afuera en la calle, pasé corriendo y lo tiré accidentalmente, no me pude frenar. Su condición era la propia de las personas de su edad, tuvo dos fracturas; una en la clavícula y otra en el brazo, además de moretones y raspones en el rostro.

Mi madre me obligó a cuidar del señor Martín todas las mañanas. La primera vez que entre a su casa me dio mucha tristeza. Estaba asquerosa, alfombras de pelo de gato por todos lados, excrementos en los sillones y además tenía un olor insoportable. Pero el señor Martín parecía contento rodeado por los gatos. Lo que hacía cuando estaba en su casa era jugar con los gatos, no cuidaba al señor Martín, solo jugaba con los gatos.

Mi operación de rescatar gatos la tuve que cambiar, ahora no los llevaba a mi casa, se los llevaba al señor Martín, y él los aceptaba con alegría. A todos los bautizaba inmediatamente. Yo estaba fascinado por tener mi refugio de gatos, aunque ni los gatos ni el señor vivían en las mejores condiciones. No me importaba. Yo estaba feliz.

Había una gata carey en particular que quería mi vecino, esta siempre estaba en su regazo y si te acercabas a él, la gata se ponía celosa y erizaba su lomo, advirtiendo que no se iba a frenar para atacar.

La salud del señor Martín empezó a mermar, le salieron llagas en su cuerpo y se le infectaban por tanta suciedad que había en su casa. Estaba delgado, su piel tomó un tono grisáceo y las llagas empezaron a salirle por todos lados, pero las más pútridas las tenía en el rostro. Esta condición la empezó a mostrar la gata, se le caía el pelo y en sus partes calvas le salían heridas que supuraban, empecé a sentir miedo y lamentando que mi sueño de el refugio de gatos se había acabado, dejé de ir. A los 3 días murió el Señor Martín. Allí empezó mi desgracia.

Desalojaron su casa, a los gatos quien sabe a donde se los llevaron. Mi madre me regaño por nunca haberle dicho de las condiciones en las que vivía nuestro vecino. Y yo estaba triste, no por el anciano, sino por mis gatos.

Pasaron 2 semanas aproximadamente, estaba en mi cuarto meditando y perdiendo el tiempo, cuando de pronto escuche fuera de mi ventana, en la cornisa, un maullido. Lo ignoré pero fue insistente, hasta que de pronto escuche como rasguñaban la puerta. Me levante, abrí la ventana y vi a la gata carey del señor Martin. Tenía las mismas heridas que el señor Martín, putrefactas y malolientes, ya casi no tenía pelo y costaba saber que era una gata carey, pero yo la conocía y sabía que era ella. La deje pasar y durmió conmigo esa noche, al otro día la saque.

Todas las noches llegaba a maullar a mi ventana, aunque no la dejaba entrar se pasaba la noche maullando y rascando el cristal de la ventana. Me estaba volviendo loco. Llevaba más de un mes que hacía eso y si la dejaba pasar, cada vez se ponía más violenta. Me atacaba mientras dormía y me rasguñaba las partes del cuerpo que me alcanzaba. Este ritual de bondad y suplicio duro un año. Ya no dormía, ya no quería entrar a mi cuarto, quería la misma paz que obtuvo l señor Martín. Así que decidí matarla.

Una noche le abrí la ventana, con un fierro pesado y grueso le pegue en la nuca, sólo escuche como cayo su cuerpo al patio. Bajé por la barda desde mi venta y la fui a enterrar. Descanse.

Pasaron 2 semanas y de nuevo escuche el maullido. Obviamente era otro gato, pensé. Abrí la cortina y allí estaba la horrible gata carey, asquerosa, pútrida y maligna. Llevan más de 7 años que murió el vecino y su gata sigue maullando y rascando mi ventana. Ahora pienso que sería más fácil matarme yo para poder descansar en paz absoluta.

Cuentos de terror cortos.

Nota. Este cuento es sólo ficción. No se recomienda a nadie hacer nada de lo que aquí se lee. ES SOLO FICCION para entretenimiento. Personalmente amo a los gatos y jamás se deben de maltratar, ni a los gatos ni a ningún animal. RESPETA LA VIDA DE LOS ANIMALITOS.

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