El Kajanji parte 1

Le dije a Martín que nos saliéramos por la puerta de atrás.

—No puedo levantar la pierna, me duele mucho y me estoy desangrando— Me respondió agarrándose la pierna ensangrentada con su mano que tenía costras de sangre coagulada.

Lo intente levantar, pero su sobrepeso me dificulto la tarea. Me incline, apoye su brazo en mi hombre y sentí un jalón en mi espalda. A pesar de eso, lo levante. Fuimos como pudimos a la cocina, se sentó en la barra a lado del fregadero. Le lave la herida y se la saque con servilletas. Fue una mala idea; el papel se le quedo pegado y rápido se tiño de carmesí.

—Déjame aquí, ya no cargues conmigo. Si nos alcanza yo me quedo mientras tu escapas—

—¡No lo voy hacer, chinga! No lo hago por ti, pero no podría cargar con la culpa de haberte dejado. Deja de quejarte y vámonos—

Salimos de la cocina, pasamos el gran comedor, esquivamos los cadáveres tiesos y recogimos lo que pudimos para sentirnos más fuertes. Una pistola, una navaja y un picahielo fue lo que cargábamos. En nuestro pensamiento sentíamos que eso nos ayudaría si nos lo topábamos de frente, tendríamos que ser muy rápidos y fuertes para poder encajarle la navaja en esa piel dura como de cocodrilo. La verdad es que no sabíamos si pudiéramos hacerle algo, pero estas herramientas se volvieron parte fundamental de nuestra fe.

—Pasamos el comedor, llegamos al lobby y ya estamos fuera.—

—De donde chingados salió eso ¿Quién putas hizo eso?— Martín estaba tan pálido como el mármol que estábamos pisando.

Estábamos viendo la puerta del comedor, sentí un pequeño triunfo, una sala menos y pronto estaríamos afuera. Sentí como mi exnovio se jalo con mucha violencia, a los dos segundos razone que el no podía jalarse de esa manera por la fuerza en la que lo hizo. Nos había alcanzado. Mi visión se nublo y sólo vi figuras borrosas, aun así podía distinguir la silueta de Martín. Lo volví a tomar del brazo, saque la pistola de mi bota y dispare a ciegas suplicando acertar a mi objetivo. Gritos, rugidos y una respiración tan fuerte que me recordó a una turbina de avión. Eso era mi realidad. Sentí como aquella masa amorfa cayo sobre mi pecho y poco a poco un líquido espeso y purpura cubría mi cuerpo. Martín se acerco arrastrándose, me quito los apéndices largos de mis muslos y de mis brazos y empujo el cuerpo tibio quitándomelo de encima mientras su respiración era pesada y calma.

—Sigue vivo— Martín lo confirmó mientras me jalaba embarrándome de sangre extraña. —Sólo esta aturdido, apúrate y vámonos, ya falta poco.

Por fin me pude levantar, estaba agitada y me dolía cuando respiraba, mi pecho se inflaba pero sentía que no lo suficiente como para que entrara aire a mis pulmones. Nos tomamos de la mano y seguimos caminando y cojeando como pudimos.

Sentía que ya no podía caminar más. llevamos más de 8 horas escapando. No sabíamos en que momento el placer se convirtió en suplicio. Cuatro días antes, estábamos tomando el sol en la proa del barco mientras nos servían margaritas y veíamos un show espectacular con bailarines y utilería despampanante. En la noche nos metíamos al camarote y fornicábamos dos o tres horas hasta que la marea nos devolvía las bebidas a la garganta. Nos la estábamos pasando de maravilla.

Y pensar que días antes estuve a punto de cancelar mi asistencia. Había hecho un berrinche de esos que los hombres llaman clásicos. La razón era simple, no quería ir a sus reuniones. El grupo de amigos de Martín me parecía muy raro, esas sesiones donde todos usaban hábitos y prendían velas con aromas extraños mientras recitaban quien sabe que cosas me parecían ridículas. Al principio iba para complacerlo; ya saben, pasar tiempo de «calidad» con él. Después me fastidiaron y ya no quise ir, él se molestaba porque, según él, ya no podía faltar ya que estaba iniciada en la secta y si faltaba podría salir mi kojonji y causar tragedias. El kojonji, según los miembros de la secta, son alteraciones espirituales de nuestro ser, son parte inherente de nuestra existencia y naturaleza, y decían que si no se les rendía el tributo que requerían podíamos tener consecuencias en nuestra vida. Pero no solo nos afectaban a nosotros, sino a los demás en nuestro alrededor. Todo esto me parecía una completa mamada, puras ridiculeces infantiles. Pero bueno, si lo hubiera sabido, no hubiera dejado de ir.

Por fin llegamos al final del comedor, estábamos entrando al lobby y parecía que todo había estado en paz. No había muertos, cosas rotas, ni devastación.

Le dije a Martín que nos saliéramos por la puerta de atrás.

—No puedo levantar la pierna, me duele mucho y me estoy desangrando— Me respondió agarrándose la pierna ensangrentada con su mano que tenía costras de sangre coagulada.

Lo intente levantar, pero su sobrepeso me dificulto la tarea. Me incline, apoye su brazo en mi hombre y sentí un jalón en mi espalda. A pesar de eso, lo levante. Fuimos como pudimos a la cocina, se sentó en la barra a lado del fregadero. Le lave la herida y se la saque con servilletas. Fue una mala idea; el papel se le quedo pegado y rápido se tiño de carmesí.

—Déjame aquí, ya no cargues conmigo. Si nos alcanza yo me quedo mientras tu escapas—

—¡No lo voy hacer, chinga! No lo hago por ti, pero no podría cargar con la culpa de haberte dejado. Deja de quejarte y vámonos—

Salimos de la cocina, pasamos el gran comedor, esquivamos los cadáveres tiesos y recogimos lo que pudimos para sentirnos más fuertes. Una pistola, una navaja y un picahielo fue lo que cargábamos. En nuestro pensamiento sentíamos que eso nos ayudaría si nos lo topábamos de frente, tendríamos que ser muy rápidos y fuertes para poder encajarle la navaja en esa piel dura como de cocodrilo. La verdad es que no sabíamos si pudiéramos hacerle algo, pero estas herramientas se volvieron parte fundamental de nuestra fe.

—Pasamos el comedor, llegamos al lobby y ya estamos fuera.—

—De donde chingados salió eso ¿Quién putas hizo eso?— Martín estaba tan pálido como el mármol que estábamos pisando.

Estábamos viendo la puerta del comedor, sentí un pequeño triunfo, una sala menos y pronto estaríamos afuera. Sentí como mi exnovio se jalo con mucha violencia, a los dos segundos razone que el no podía jalarse de esa manera por la fuerza en la que lo hizo. Nos había alcanzado. Mi visión se nublo y sólo vi figuras borrosas, aun así podía distinguir la silueta de Martín. Lo volví a tomar del brazo, saque la pistola de mi bota y dispare a ciegas suplicando acertar a mi objetivo. Gritos, rugidos y una respiración tan fuerte que me recordó a una turbina de avión. Eso era mi realidad. Sentí como aquella masa amorfa cayo sobre mi pecho y poco a poco un líquido espeso y purpura cubría mi cuerpo. Martín se acerco arrastrándose, me quito los apéndices largos de mis muslos y de mis brazos y empujo el cuerpo tibio quitándomelo de encima mientras su respiración era pesada y calma.

—Sigue vivo— Martín lo confirmó mientras me jalaba embarrándome de sangre extraña. —Sólo esta aturdido, apúrate y vámonos, ya falta poco.

Por fin me pude levantar, estaba agitada y me dolía cuando respiraba, mi pecho se inflaba pero sentía que no lo suficiente como para que entrara aire a mis pulmones. Nos tomamos de la mano y seguimos caminando y cojeando como pudimos.

Sentía que ya no podía caminar más. llevamos más de 8 horas escapando. No sabíamos en que momento el placer se convirtió en suplicio. Cuatro días antes, estábamos tomando el sol en la proa del barco mientras nos servían margaritas y veíamos un show espectacular con bailarines y utilería despampanante. En la noche nos metíamos al camarote y fornicábamos dos o tres horas hasta que la marea nos devolvía las bebidas a la garganta. Nos la estábamos pasando de maravilla. Y pensar que días antes estuve a punto de cancelar mi asistencia. Había hecho un berrinche de esos que los hombres llaman clásicos. La razón era simple, no quería ir a sus reuniones. El grupo de amigos de Martín me parecía muy raro, esas sesiones donde todos usaban hábitos y prendían velas con aromas extraños mientras recitaban quien sabe que cosas me parecían ridículas. Al principio iba para complacerlo; ya saben, pasar tiempo de «calidad» con él. Después me fastidiaron y ya no quise ir, él se molestaba porque, según él, ya no podía faltar ya que estaba iniciada en la secta y si faltaba podría salir mi kojonji y causar tragedias. El kojonji, según los miembros de la secta, son alteraciones espirituales de nuestro ser, son parte inherente de nuestra existencia, y decían que si no se les rendía el tributo que requerían podíamos tener consecuencias en nuestra vida. Pero no solo nos afectaban a nosotros, sino a los demás en nuestro alrededor. Todo esto me parecía una completa mamada, puras ridiculeces infantiles. Pero bueno, si lo hubiera sabido, no hubiera dejado de ir.

Tal ves por la emoción me sentí recuperada, el cansancio se me había quitado y la boca la tenía fresca.

—Ya no me duele la pierna, de hecho ya ni me sangra—

La revise la pierna y solamente tenía un rasguño con el contorno morado. Me sorprendió. ¿Qué estaba pasando? ¿Quién nos estaba jugando una broma tan cruel?

Este cuento continuará….

Si te esta gustando este cuento, mantente pendiente de las siguientes partes. Les prometo que estamos trabajando para subirlas demás partes lo más rápido.

Por lo mientras te dejo algunos otros cuentos de terror que estoy seguro que te mantendrán mordiéndote las uñas.

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